Como queriendo ahondar aún más en la herida, quedaron para cenar.
La acompañó a casa y durante el camino se respiraba de nuevo un ambiente de despedida; se acariciaron y se miraron como si no lo fuesen a hacer nunca más.
Le hizo aparcar cerca de casa para charlar un poco, para alargar el último instante que les quedaba.
Allí en el coche, como dos adolescentes se dijeron cosas bonitas... En realidad solo las dijo él; ella era mucho más resevada para sus sentimientos, aunque era imposible obviarlos.
Quién les habría dicho que se les irían los sentimientos de las manos de aquella manera...
A oscuras en el coche él le regaló una lágrima, ella no. Ella mantuvo el tipo, se mantuvo dulce e intacta para que su recuerdo fuese una instantanea semi feliz.
Se besaron y lograron despedirse. Ella salió del coche, se giró y empezó a derramar todas y cada una de las lágrimas que se había aguantado.
la perra eva
Se nos fue de las manos.
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