Bajaban las escaleras y se despedían del resto del mundo por un rato.
Relojes fuera, iluminación a base de velas y música de fondo.
Siempre eran las mismas tropecientas canciones, en el mismo orden, las que les acompañaban en cada movimiento, en cada caricia y en cada travesura.
Lo maravilloso de cada encuentro era emborracharse de deseo hasta quedar extasiados y exhaustos (o casi)... hasta darse cuenta de que cada canción de las que sonaban seguía siendo nueva para ella.
eva
Embelésame.
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