No sé cómo llegue hasta esa bañera, lo único que sabía en ese momento era que quería salir. Estaba desnuda, tenía la espalda ardiendo, ya no soportaba los golpes de cinturón de cuero en ella y el agua fría, me rompieron en mil pedacitos. Entonces, empecé a llorar.
Al rato, Él, me dejó salir de ahí. No podía parar de llorar. Estaba asustada, estaba más confusa de lo que nunca había estado. No sabía lo que pasaba por mi mente, no sabía demasiado bien lo que quería, no sabía nada.
Él me preguntó si quería marcharme y dije que no. Aún en esa situación fui valiente. La espalda me quemaba, mis lágrimas no dejaban de caer, mis ideas se chocaban en mi cabeza a gran velocidad, pero aún así, eso no me intimidó. Por alguna extraña razón, quizás el llamado thanatos, me quería quedar en aquella casa, con Él, pasase lo que pasase.
Antes del cinturón de cuero, por la mañana, también había sentido el gato de 32 colas hasta casi romperme mientras estaba esposada, además de pinzas y electrodos, que no me desagradaron, en mis piernas y en mi sexo.
Después del cinturón me costó expresarme, cuando Él me preguntaba no sabía contestar, no podía apenas hablar. Solo era capaz de expresarme escribiendo con mis dedos en la espalda de mi Amo, cómo una niña pequeña. Escribía y poco a poco conseguía decirle lo que había escrito.
A partir de ese momento poco a poco arreglé algunos conflictos internos conmigo misma. Siempre he sido una chica aparentemente muy abierta, abierta para todo menos para expresar mis sentimientos. Los primeros días cualquier cosa me aturdía y me hacía llorar. Él había despertado a la bestia, a la niña frágil y dolida que hay en mí.
Al rato, Él, me dejó salir de ahí. No podía parar de llorar. Estaba asustada, estaba más confusa de lo que nunca había estado. No sabía lo que pasaba por mi mente, no sabía demasiado bien lo que quería, no sabía nada.
Él me preguntó si quería marcharme y dije que no. Aún en esa situación fui valiente. La espalda me quemaba, mis lágrimas no dejaban de caer, mis ideas se chocaban en mi cabeza a gran velocidad, pero aún así, eso no me intimidó. Por alguna extraña razón, quizás el llamado thanatos, me quería quedar en aquella casa, con Él, pasase lo que pasase.
Antes del cinturón de cuero, por la mañana, también había sentido el gato de 32 colas hasta casi romperme mientras estaba esposada, además de pinzas y electrodos, que no me desagradaron, en mis piernas y en mi sexo.
Después del cinturón me costó expresarme, cuando Él me preguntaba no sabía contestar, no podía apenas hablar. Solo era capaz de expresarme escribiendo con mis dedos en la espalda de mi Amo, cómo una niña pequeña. Escribía y poco a poco conseguía decirle lo que había escrito.
A partir de ese momento poco a poco arreglé algunos conflictos internos conmigo misma. Siempre he sido una chica aparentemente muy abierta, abierta para todo menos para expresar mis sentimientos. Los primeros días cualquier cosa me aturdía y me hacía llorar. Él había despertado a la bestia, a la niña frágil y dolida que hay en mí.
eva {GN}
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